Sci-Fi16 min read · 2024
El Juego del Otro Tiempo
Las gotas resbalaban por el vidrio como si la ciudad entera se estuviera derritiendo. Llevaba minutos mirándolas sin ver nada, hasta que mi propia voz me sorprendió.
“A veces pienso en cómo sería si pudiera cambiar solo una decisión.”
Elena levantó la vista de los informes. Se acomodó un mechón detrás de la oreja y suspiró, como si llevara rato esperando que alguien dijera exactamente eso.
“¿Solo una?”
Sonreí sin ganas. “Una bastaría.”
Ella dejó caer la pluma sobre el escritorio. “Mi jefe me citó otra vez para las tres. La tercera vez esta semana.” No hacía falta que dijera más. La conocía desde hacía años, y cada semana la veía un poco más apagada, un poco más lejos de la mujer que había sido. Jugaba nerviosamente con el borde de su blusa, un tic que solo aparecía en los días malos.
“¿Has pensado en buscar otra cosa?”
“Lo he considerado.” Bajó la mirada. “Pero no sé si confío en mí lo suficiente para empezar de cero.”
Un silencio se instaló entre nosotros, interrumpido solo por el murmullo de las reuniones en las salas contiguas.
“Por cierto,” dije, “¿recibiste un correo extraño hoy?”
Elena frunció el ceño. “Sí. Sin remitente. Participación especial en un evento único. ¿Tú también?”
Asentí. “Solo una dirección y una hora.”
Mordisqueó su labio inferior. “Es inquietante.”
“Lo sé. Y tenemos reuniones hasta la tarde.”
Elena miró por la ventana, como buscando algo entre las gotas. Cuando volvió a hablar, había algo distinto en su voz, una chispa que hacía tiempo no le escuchaba.
“Quizá saltarnos una reunión no sea el fin del mundo.”
La miré. Ella me devolvió la mirada con una media sonrisa.
“¿Nos arriesgamos?” pregunté.
Tomó una respiración profunda. “Sí. Aceptemos.”
Click. Click.
“Vamos.”
Salimos sin decir nada más, como si el acuerdo pesara lo suficiente para llenar el silencio. La lluvia fría nos envolvió camino a los autos. Durante el trayecto, el ritmo monótono de los limpiaparabrisas marcaba un compás que parecía acelerar junto con mi pulso. En cada semáforo rojo, nuestras miradas se cruzaban a través de los retrovisores, y no hacían falta palabras.
El edificio apareció entre la cortina de lluvia como algo que no debería estar ahí. La fachada era antigua, casi en ruinas, con un aire de hospital abandonado. La sensación de aventura que traía en el pecho se transformó en un nudo en el estómago.
Antes de entrar, Elena se detuvo. Me tomó la mano —algo que jamás había hecho en todos los años de amistad— y me miró con una calidez que rara vez dejaba salir.
“Jean. Quiero que sepas algo antes de entrar.” Dudó un instante. “Tú siempre has estado ahí para mí, incluso cuando no lo he merecido. Tu amistad es de las pocas cosas que me ha mantenido en pie. Te quiero mucho, amigo.”
Apreté su mano. “Yo también te quiero mucho, Elena.” Las palabras se sintieron extrañas en mi boca, como si hubieran esperado años para salir. “Valoro mucho tenerte en mi vida.”
Con esa seguridad compartida, entramos.
El vestíbulo nos recibió con una frialdad casi palpable. Un silencio pesado, interrumpido apenas por el murmullo de otras personas que esperaban con rostros donde se mezclaban la confusión y el temor. Elena se aferró a mi brazo.
“No me gusta este lugar,” susurró.
“Ya estamos aquí. Veamos de qué se trata y si no nos gusta, nos vamos.”
“De acuer...” Se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron como si hubiera visto un fantasma. “¿Es... mi familia?”
Al otro lado del vestíbulo, reconocí al hermano de Elena. No lo veía en años.
“¡Mamá! ¡José!” Elena se soltó de mi brazo y corrió hacia ellos. La vi abrazarse con su madre, hablar atropelladamente con su hermano, y algo en mi pecho se ablandó. Desde la distancia, José me vio y asintió con una sonrisa. Le devolví el gesto.
Fue entonces cuando lo noté: al final del pasillo, una habitación de la que emanaba una luz que no parecía pertenecer a este edificio.
Crucé el umbral y entré en una sala amplia y oscura. En el centro, una pantalla holográfica gigantesca flotaba proyectando un mundo imposible: paisajes exuberantes, ciudades suspendidas en el aire, criaturas que se movían con una fluidez que desafiaba todo lo que conocía. Un grupo de personas observaba en silencio, hipnotizado.
Me acerqué. Algo en ese universo me resultaba familiar, y entonces lo entendí: era una versión transformada del juego que había consumido mis tardes de infancia. Pero esto era otra cosa. Los escenarios tenían una profundidad que superaba cualquier tecnología existente.
“Dicen que una vez que entras, el juego dura mil años,” murmuró una mujer cerca de mí.
“¿Mil años?” respondió alguien. “Eso es imposible.”
“El tiempo se dilata adentro. Vives mil años en un instante.”
Mil años. La idea era absurda. Ningún ser humano podría experimentar algo así. Y sin embargo, las imágenes frente a mí parecían prometer exactamente eso: un mundo donde las reglas del tiempo y del espacio se doblaban como papel.
Sentí una presencia a mi lado. Elena había entrado en la sala y miraba las proyecciones con la boca entreabierta.
“¿Qué es esto?” preguntó.
“Una versión de un juego que jugaba de niño. Pero es mucho más. Es como si pudieras vivir dentro de él.”
Extendió la mano hacia las imágenes holográficas. “Nunca había visto algo así.”
“Tú sabes que yo no soy de jugar videojuegos,” dijo con media sonrisa, “pero esto es otra cosa.”
“Es como tener otra vida, con infinitas posibilidades.”
Ella asintió lentamente, contemplando algo que yo no alcanzaba a ver.
Nuestro turno llegó. Una mujer de bata blanca apareció como si hubiera estado ahí siempre y dijo con voz suave: “Bienvenidos al Juego del Otro Tiempo. Aquí, sus elecciones forjarán su destino. ¿Están listos?”
Nos guió por un pasillo estéril hasta una habitación que era una mezcla inquietante entre sala de operaciones y laboratorio de ciencia ficción. En el centro, un dispositivo brillaba con una luz azulada que me heló la sangre.
Miré a Elena esperando ver miedo. En cambio, vi algo que me desarmó por completo: esperanza. Una chispa que hacía mucho tiempo no veía en ella.
“Ya estamos aquí,” dijo con una firmeza que no le conocía. “No perdemos nada con probar.”
Se acercó a la enfermera que había aparecido junto al dispositivo.
“¿El procedimiento es invasivo?” preguntó Elena.
“Para nada. Es como ponerse un casco con gafas, nada más.”
“No, Elena, espera,” dije, sintiendo cómo el piso se movía bajo mis pies. Pero ella ya no me escuchaba.
“Quiero conectarme.”
Me volví hacia la enfermera. “¿Cuánto tiempo dura esto? ¿Cuándo la volveré a ver?”
La mujer me miró con una sonrisa que no le llegaba a los ojos. “El tiempo es relativo en estos casos. Ella tomará la decisión que mejor le convenga.”
Elena se recostó en la camilla. La enfermera comenzó a colocar el casco, conectando cables con movimientos meticulosos, casi ritualistas. Intenté hablar, suplicar, hacer algo, pero las palabras se ahogaron en mi garganta.
Entonces la imagen de mis hijos me inundó la mente. Sus risas. Sus ojos cuando llego a casa. No podía hacerlo. No podía abandonarlos.
“¿Elena?” pregunté una última vez.
Ella no respondió.
Di un paso atrás. Luego otro. Y salí de la habitación.
Corrí al vestíbulo con el eco de mis pasos persiguiéndome. Busqué mi celular en los bolsillos. Vacíos. Sin celular, sin llaves. Las paredes parecían cerrarse a mi alrededor.
Me dejé caer en el sofá donde antes estaba la familia de Elena, y cuando alcé la vista, el aire se me fue del cuerpo.
Elena estaba sentada frente a mí.
Pero no era la Elena de hacía unos minutos. Su cabello, siempre desordenado, estaba perfectamente peinado. Vestía un traje profesional que le sentaba como si hubiera nacido con él. Su postura era diferente, su cuerpo en un peso saludable, y a su lado había un hombre que la miraba con ojos de enamorado. A sus pies jugaban niños que yo no conocía.
Las lágrimas llegaron antes que cualquier pensamiento. Calientes, imparables, rodando por mis mejillas sin que pudiera hacer nada. Mi visión se nubló y los sonidos se amortiguaron como si estuviera bajo el agua. Un sollozo se escapó de mis labios, y luego otro, y otro. No podía parar. No quería parar.
Porque entendí lo que veía. No eran lágrimas de tristeza.
Elena se veía feliz. Verdaderamente feliz.
“Elena...” balbuceé.
Ella me miró, y por un instante creí ver un destello de reconocimiento. Pero fue solo un espejismo.
“¿Te conozco?” preguntó, con una leve curiosidad.
“Soy Jean... tu amigo.”
Asintió, como quien intenta recordar algo que se le escapa. “Ah, sí… Jean.” Me miró con preocupación. “¿Te pasa algo?”
“No… estoy bien,” dije, secándome la cara con las manos frías.
“¿Sigues trabajando en GSL?”
“Sí…”
“Ok. Fue bueno verte, Jean.” Se volvió hacia sus hijos. “Vamos, que tienen que cenar.”
Me quedé de pie, viéndolos desaparecer.
Respiré hondo y volví a la habitación donde todo había empezado. Al abrir la puerta, encontré solo paredes frías y vacías. Ni pantallas, ni máquinas, ni mundos flotando en el aire. Como si nada hubiera existido.
Mis llaves y mi celular estaban en el suelo. Los recogí y me quedé sentado, sosteniéndolos, dejando que la verdad se acomodara despacio.
Elena no había escapado a un juego. Había encontrado la manera de rehacer su vida, de tomar las decisiones que antes dejó pasar. No quería una fantasía; quería su propia vida, pero vivida sin arrepentimientos.
La había perdido. Pero ella había encontrado lo que buscaba. Y eso, de alguna manera que no podía explicar, me daba paz.
Me levanté despacio. La habitación vacía ya no me intimidaba. Salí del edificio y el aire fresco me acarició el rostro. Apreté las llaves en la mano y miré el cielo.
Subí al auto y encendí el motor. Las luces de la ciudad brillaban a través del parabrisas mojado, derramando un arcoíris de colores sobre el tablero.